martes, 27 de junio de 2017

Oda I






Los dioses callan,
se detienen a observar a dos seres diferentes:
Una bella mortal de cabelleras claras, ojos miel ; tez blanca y un semidios con cabellos castaños , alado , de piel tan dorada como el sol, el cual se caracteriza por  sus gestos que denotan una apacible ternura; ambos están conectados al son de mil pulsaciones por minuto.
Todo comienza con una mirada que invade el ser de aquella dama , ella entra en un trance que parece culminar en una elevación de su ser hacia los campos elíseos,donde el placer no es un instinto humano sino que se convierte en la unión del cuerpo y el alma; Lo cual nos conlleva a pensar en que significado le damos los mortales realmente a dicha complicidad,llegando a ser un descubrimiento en el otro.
No es un acto de lujuria desenfrenada; es estar compaginados, algo más que carne, es entregarse,  confiar; sentir que vale la pena esperar el momento de estar con aquel semidios llamado cupido, en la cumbre de un umbral sin fin, es un simple tomarse de la mano, mirarse fijamente, estar satisfecho y ser consciente de la presencia del amado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario